EL COMENTARIO
Cuando di a luz a mi segundo bebé, pensé que ya había cruzado mi desierto. Y que debía sentir nada más que gratitud.
Después de 20 años de endometriosis, después de años de infertilidad, después de estar frente a gigantes con nada más que la honda y pequeñas piedras de las promesas de Dios, el Señor había sanado mi vientre. Ya tenía a mi hijo Ian en mis brazos. Y ahora mi niña, Kenzi, estaba aquí. Podía sostener un milagro con mis propias manos—por segunda vez.
Y sin embargo, pocas semanas después de su nacimiento, me encontré caminando hacia un desierto muy diferente.
La Escritura lo llama “el valle de sombra de muerte.” Aún puedo recordar lo real que se sentía esa sombra. La depresión posparto me llevó al lugar más oscuro en el que jamás he estado. Hubo muchos días en los que mi mente casi colapsa bajo el enjambre constante de pensamientos suicidas. Días en los que cuestionaba si tenía la fuerza para quedarme.
Comparto esto en el Día de las Madres, no porque sea fácil, sino porque es necesario. Y porque sé que no soy la única. Mi corazón se rompe al pensar en tantas hermanas que han caminado este desierto en silencio y soledad, sin tener la oportunidad de contar su historia… y muchas nunca podrán hacerlo.
En los Estados Unidos, donde vivo, la salud materna va en la dirección equivocada. La mortalidad materna se ha más que duplicado desde principios de los años 80. Hoy tenemos una de las tasas más altas del mundo desarrollado. Y lo más devastador: la gran mayoría de esas muertes eran prevenibles. Detrás de cada número hay una mujer con nombre, una familia, un llamado, y un bebé que aún necesita sus brazos y su voz.
Pero los números no cuentan toda la historia.
También existe un sufrimiento silencioso. Ese que no aparece en los titulares. Es el de la mamá que sonríe en la iglesia, pero llora en la ducha. La mujer que sostiene a su bebé, pero se siente desconectada de su propia alma. Un cansancio que va más allá del sueño y se instala en el espíritu.
Este es un desierto del que casi no se habla.
Sí, yo sobreviví por la misericordia de mi Padre Celestial. Pero no salí de ese valle sola.
En mi cita de seis semanas posparto, mi partera identificó lo que yo no podía decir en voz alta. El dolor, el miedo, la angustia que estaban debajo de las sonrisas que uno se pone para todos los demás. Y me ayudó. Me ofreció apoyo, me animó a buscar terapia con base de fe, y me sostuvo con brazos que se negaron a dejarme desaparecer en ese valle de sombras.
Muchas mujeres no tienen eso.
En muchas partes de Estados Unidos—especialmente en comunidades rurales—el acceso al cuidado materno sigue disminuyendo. Hospitales han cerrado sus unidades de parto, y muchas madres tienen que viajar largas distancias solo para una cita prenatal. Otras son enviadas a casa después de dar a luz y nadie vuelve a preguntar por su bienestar emocional o mental. Celebramos al bebé, pero pasamos por alto el alma de la madre.
¡Eso tiene que cambiar!
Me anima ver esfuerzos a lo largo del país—como iniciativas de organizaciones como Heartland Forward, con programas como Healthy Moms, Healthy Babies America (Mamás Saludables, Bebés Saludables de América)—que están proponiendo planes reales y accionables para fortalecer el cuidado de las madres antes, durante y después del parto. Las conversaciones sobre el apoyo posparto, la salud mental y el cuidado comunitario no son solo ideas—son literalmente líneas de vida.
Pero el cambio duradero requerirá más que sistemas. Requerirá personas.
Requerirá pastores que no tengan miedo de hablar de la salud mental desde el púlpito. Familias que sepan reconocer cuándo una madre está luchando. Comunidades que se nieguen a dejar que las mujeres sufran en silencio.
A gobernadores, legisladores, empleadores y pastores: esto no es un asunto de izquierda o de derecha—es un asunto de vida. Se trata de decidir ver a las madres que están caminando este desierto. Y todo indica que cada vez más personas están despertando a esta verdad de que no podemos dejarlas ahí. Y estamos listos para actuar.
Ese es el corazón detrás del trabajo de la Fundación Christine D’Clario: acompañar a personas y líderes en sus procesos de sanidad en cada dimensión: emocional, mental, espiritual y física. Madres incluídas. Creemos que la restauración verdadera ocurre cuando la persona completa es vista, sostenida y guiada con compasión.
Porque la sanidad no se trata solo de sobrevivir el desierto.
Se trata de aprender a encontrar a Dios en medio de él. Y eventualmente, de salir de él.
Ese camino es profundamente personal, pero nunca debe ser solitario.
En mi libro, Sanando en el Desierto: Encontrando Tu Voz en el Camino del Quebranto a la Libertad, comparto lo que me hubiera gustado saber en esos momentos en los que la noche parecía no terminar: que tu voz no desaparece en el desierto, sino que se forma ahí. Que incluso en los lugares más secos, Dios sigue presente, sigue hablando, sigue restaurando.
Y a ti, mamá que estás leyendo esto—quizás con lágrimas que no le has mostrado a nadie rodando por tus mejillas—quiero que escuches esto con claridad:
No eres débil por estar luchando.
No estás fallando por sentirte abrumada.
No estás sola, aunque así se sienta.
El desierto puede intentar convencerte de que has sido olvidada. Pero no es el final de tu historia. Extiende la mano. Dile la verdad a alguien. Llama a tu médico. Escríbele a una amiga. Permite que alguien entre contigo en ese lugar.
Dios no se avergüenza de tu desierto—y tú tampoco deberías, porque Él siempre está sanando en el desierto.
En este Día de las Madres, oro que podamos darnos unas a otras algo más profundo que una celebración. Que podamos regalarnos la construcción de comunidades donde ninguna mamá tenga que caminar el desierto sola.

